¿CUÁNTO DE REAL TIENE LA REALIDAD? capitulo I (Es, o la hacemos?)

Hacía mucho tiempo que veía crecer en mi la sensación de que aquello que vivimos como realidad no es tan real como parece.

Más bien sentía que los seres humanos creamos la realidad que nos rodea, aceptándola y colaborando con ella, creyéndola real y participando, incluso, en su construcción.
No por que realmente creamos en ella, ni por que nos guste, ni porque creamos que es justa o «buena». No.



Sino porqué nos vemos forzados a aceptarla, como obligados a servir a sus propósitos, como si necesitáramos alimentarla. 
Como si ella supiera que de nosotros no hacerlo, desaparecería. Como si necesitara de nuestra atención para su supervivencia. 

Esta idea que se iba formando en mi mente era corroborada por el hecho de que todos los mecanismos del poder parecían muy interesados en mantener viva esa interacción dependiente, entre seres humanos y "sistema de realidad".

Hasta que llegué a la conclusión de que esta necesidad de creer que la "realidad" tal cómo la estábamos viendo, era algo impuesto. 
Algo inducido en las mentes humanas.



A la vez tenía la sensación de que, si la ignorábamos, podríamos acabar con ella. Con esa realidad que me parecía más una construcción interesada que algo «real».
Sentía que su miedo a desaparecer, la impulsaba a obligarnos a servirla.

Yo no debía ser la única criatura humana de este devastado planeta que tenía esta visión.
Había un hombre, un hombre valiente que se atrevió a escribir un guión, que incluso llegó a producirse. 
Su guión llegó a ser una popular película que se convirtió rápidamente en un símbolo de nuestro tiempo. 
Eso le dio la posibilidad de salir de la miseria en que solíamos vivir los visionarios de todos los tiempos. Porque la película llegó a venderse mucho. Fue una producción con impresionantes efectos generados por algoritmos digitales, que usó muchísimos dólares para realizarse.
Yo me alegro mucho por él, está muy bien que tuviera la oportunidad de salir de esta jodida y limitante miseria.



Creo que su nombre era David Icke...



Su popularidad le abrió muchas puertas que él aprovechó para dirigirse a la gente, explicándoles aquello que sus mentes ignoraban, pero que en su fuero interno ya sabían.



Aquello que iba a enfrentarles al destino que ya había sido escrito para cada uno de ellos. 



Un destino que había sido dictado por quienes, por interés propio, crearon la realidad dependiente que desde hacía mucho, mucho tiempo, reinaba sobre todo y sobre todos.

David Icke pensaba que si "desnudaba" la realidad frente a los ojos de las demás personas, estas empezarían a usar la capacidad de ver, que hasta entonces yacía dormida en sus ojos. 
Y que si conseguía despertar a un número suficientemente significativo de conciencias, esa "realidad" creada, impuesta, auto-impuesta y alimentada con la vida de inocentes, podía empezar a debilitarse.

No era el único que albergaba esa idea (o ilusión), por lo tanto no era el único que fue movido por esa esperanza. 
Tuvimos la suerte de ser muchos los que decidimos cambiar nuestros destinos y contribuir a cambiar el oscuro destino al que se dirigía la humanidad. 

Nuestros esfuerzos por abrir nuestros ojos, en cierto modo, hizo que el resto de la humanidad fuera cambiando su visión. 
Parecía como si la claridad se extendiera a pesar de los esfuerzos que, evidentemente, desde algún lugar se estaban haciendo, para que la oscuridad permaneciera.


Child's grave, cemetary Sint - Katelijne-Waver



La claridad parecía extenderse, pero aun había muchas consciencias dominadas, demasiadas. 

Tantas, que los humanos ya no éramos hermanos. 
Ya no formábamos comunidades mediante las que nos apoyábamos y ayudábamos mutuamente. 

Yacíamos medio vivos, consumiendo los múltiples artículos de distracción de la realidad que se fabricaban y comercializaban para ese fin
Cada uno encerrado en su oscura y vacía realidad, desconfiaba de los demás, tanto como de sí mismo.

Hubo otros humanos que anteriormente habían tenido la visión de que la humanidad podía llegar a convertirse en lo que se estaba convirtiendo. Escritores, directores de cine... Como aquel austríaco... Fritz Lang, creo que se llamaba.

Era como si algo en el aire que respirábamos nos revelara los acontecimientos que estaban por venir. 
Pero aún así, aún habiendo sido alertados, a pesar de saber que lo que tenía que venir era terrible, no pudimos hacer nada por variar el rumbo de los acontecimientos y caímos de lleno en ello. 

Exactamente como ellos lo vieron, con todos sus horrores, con toda la denigración de lo humano, con toda la degeneración del comportamiento humano. 
Nuestra especie se perdió y su humanidad se perdió con ella. Porque aquello no era humano, no lo era.

Eramos todos esclavos y en realidad nadie era amo. Así de ridículo.
Todos manteníamos la esclavitud de todos, entre todos.

Había quien sometía a abusos a grupos, etnias, pueblos enteros, naciones, países, pero no era amo, era esclavo también. 
Parecía que hubiera quien lo tuviera todo, que su poder era infinito. Pero no era así tampoco.

La insatisfacción por la vida era cada vez mayor y se extendía por la humanidad, individuo a individuo, como una mancha de aceite.

La precariedad era cada vez mayor.
Todo valía dinero, hasta lo más básico para la supervivencia, pero el dinero era escaso y inaccesible para la mayoría.

Unas muy pocas familias acumulaban casi todo el dinero que había para todos.
La mayoría vivía en condiciones miserables, en mayor o menor medida.
No llegando a cubrir la totalidad de sus necesidades nunca, endeudándose y siendo despojados de sus pertenencias básicas, como las casa dónde vivían, cuando no podían subsanar las deudas.

Y esto empeoraba aún más las cosas, porque muchas personas, bajo la presión de la necesidad, se convertían en verdaderos monstruos sin alma.

Algunos eran capaces de venderse por un sueldo mínimo que les permitiera poder pagar las facturas y no perder los privilegios de poder comprar comida y algo de ocio, de vez en cuando.

La satisfacción de sentirse poderosos y disponer de un mayor caudal económico,  movía a un grupo cada vez mayor de personas. 

A pesar de que para acceder a esto era imprescindible ignorar las necesidades de los demás, robarles, expoliarles un cuarto del dinero que generaban con su trabajo, implementar leyes que obligaban a la población a consumir venenos, permitir que los medios de información difundieran mentiras para proteger sucios negocios que se levantaban en contra de la vida. 

Llegaron momentos muy tristes, de verdad. 
No sé cómo vives ahora en la tierra, tu que me lees. 

No sé en qué debe estar convertida la humanidad en tu tiempo. 

Nosotros no conseguimos cambiar la dirección que tomaban las cosas. Me gustaría poder estar contigo, para saber si a pesar de todo, de que no conseguimos los mínimos, algo ha podido cambiar y habéis podido evitar la inminente catástrofe que acechaba a la humanidad justo antes de mi muerte. 

¡Dios quiera que sí!... 
¡Dios lo quiera!

Escena extraída de "Mi cena con André", película estadounidense de 1981, dirigida por Louis Malle. Protagonizada por Andre Gregory y Wallace Shawn, en los papeles principales.


"Metrópolis", película completa y restaurada
 dirigida por Fritz Lang en 1927

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